EL VIEJO PUEBLO NATAL

Crecí en un pueblo que se había erigido en medio de las grandes praderas del interior de Canadá tan solo cincuenta años antes. Fairview, en la provincia de Alberta, formaba parte de la frontera y tenía bares de vaqueros para demostrarlo. Por entonces los grandes almacenes Hudson’s Bay Co. de la calle principal todavía compraban pieles de castor, lobo y coyote directamente a los cazadores locales. Allí vivían tres mil personas, a más de seiscientos kilómetros de la ciudad más cercana. La televisión por cable, los videojuegos e internet no existían. No era nada fácil encontrar entretenimientos inocentes en Fairview, sobre todo durante los cinco meses de invierno, cuando se sucedían días de cuarenta grados bajo cero y noches aún más frías.

El mundo es un lugar diferente cuando hace tanto frío. Los borrachos de nuestro pueblo llegaban al final de sus tristes vidas muy pronto, ya que caían desmayados encima de montañas de nieve y morían de congelación. Y es que no sales así como así de casa cuando hace cuarenta grados bajo cero. En cuanto respiras, el árido aire del desierto te encoge los pulmones. Se te forman estructuras de hielo en las pestañas y se te quedan pegadas. Si tienes el pelo largo y te lo acabas de lavar, se queda rígido como una roca y luego, ya en un espacio caliente, una vez que se te seca, se carga de electricidad y se te pone de punta cuando le apetece, como si fueras un espectro. A los niños solo se les ocurre una vez pegar la lengua a los columpios de acero del parque. El humo que sale de las chimeneas de las casas no sube, sino que, derrotado por el frío, va cayendo y acaba acumulándose como niebla en los tejados nevados o en el jardín. Si no enchufas por la noche el coche a un calentador, por la mañana el aceite no fluye y es imposible arrancar. Y algunas veces no lo consigues aunque lo hayas hecho. Cuando pasa eso, enciendes el motor una y otra vez, sin resultado alguno, hasta que el arranque emite un estrepitoso ruido y después se queda mudo. Entonces tienes que sacar la batería congelada del vehículo, aflojando tornillos con los dedos hinchados por el frío, y meterla en casa. Ahí se queda, descongelándose durante horas, hasta que está lo bastante caliente para poder retener una carga suficiente. Tampoco puedes ver por la luna trasera del coche, ya que se llena de escarcha en noviembre y sigue así hasta mayo. Si te pones a rasparla, lo único que consigues es que la tapicería se humedezca y que luego se congele también. Una noche en la que salí tarde a visitar a un amigo, estuve sentado dos horas en el borde del asiento del copiloto de un Dodge Challenger 1970, agarrado a la palanca de cambios y utilizando un trapo empapado en vodka para mantener despejado el espacio del parabrisas delante del conductor porque la calefacción había dejado de funcionar. No podía ni pensar en parar. No había ningún sitio donde parar.

Y para los gatos domésticos era el infierno. Los felinos de Fairview tenían las orejas y los rabos cortos porque los extremos se les habían caído congelados. Acababan pareciéndose a zorros árticos, que desarrollaron esos mismos atributos para hacer frente al frío intenso. Un día, nuestro gato salió y nadie se dio cuenta. Más tarde lo encontramos, con la piel congelada y adherida al peldaño de cemento de la puerta de atrás en el que se había sentado. Con mucho cuidado, separamos al gato del cemento sin que tuviese ningún daño que lamentar, aparte de su propio orgullo herido. Los gatos de Fairview también corrían grave peligro en invierno a causa de los coches, pero no por los motivos que se te pueden ocurrir. No era porque los vehículos patinaran con el hielo que cubría el asfalto y los atropellasen. Solo los gatos más fracasados morían así. Eran los coches recién aparcados los que resultaban peligrosos. A un gato muerto de frío le puede parecer una magnífica idea trepar por la parte inferior de uno de estos coches y sentarse en el bloque del motor, todavía caliente. ¿Pero qué pasa si el conductor decide volver a utilizar el coche antes de que el motor se haya enfriado y de que el gato se haya ido? Me limitaré a decir que las mascotas en busca de calor y los ventiladores del radiador en rotación rápida no forman una buena combinación.

Y puesto que vivíamos tan hacia el norte, los inviernos, además de gélidos, eran muy oscuros. Para diciembre el sol ya no salía hasta las 9:30 h, así que íbamos andando a la escuela en la más negra de las penumbras. Tampoco había mucha más luz cuando volvíamos a casa, justo antes del ocaso. Para los jóvenes no había gran cosa que hacer en Fairview, ni siquiera en verano. Pero los inviernos eran mucho peores. Era entonces cuando contaban tus amigos, más que ninguna otra cosa.

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